Revista Cultura & Trabajo

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Edición Número 83 - Sección General

10 Visita a la Karl-Marx-Haus. Anécdota y metáfora


TODO VIAJE QUE NO SEA DE TRABAJO O PLACER ES UNA FORMA DE PEREGRINACIÓN. EL TIPO MÁS PROSAICO Y AFECTIVO de peregrinar es el que deriva de esa obligación con los dioses lares de visitar a los parientes. Después están los proyectos a los que nos compelen los lazos religiosos o históricos, cuyos referentes siempre son famosos y multitudinarios: Jerusalén, Roma o La Meca, la Gran Muralla, Atenas o Machu Picchu. También existen las peregrinaciones animadas por las filiaciones intelectuales, cuyos destinos siempre serán discutibles y numerosos, incluso estrambóticos; es difícil incluso mencionar algunos: Graceland tal vez, Cinecittá si aún existe, el Maracaná.

A esta última categoría pertenece la casa donde nació Karl Marx (Karl-Marx-Haus) y, a decir verdad, conocerla no era una meta personal. Hacia 1998 aproveché una estadía en Londres para ir, durante una tarde otoñal, hasta Highgate Cemetery a conocer la tumba de Marx. En aquella ocasión el parque estaba solo y la lluvia había estropeado algunas flores, varios mensajes dejados en papelitos y un gorro rastafari, olvidado sobre el cubo de granito al pie de la gran cabeza. La tumba de Marx no tenía allí competencia, pues la única otra osamenta con cierto renombre era la que correspondía a Herbart. Entonces mi cupo ritual con el padre del socialismo ya estaba copado.

Fue la perspectiva de pasar un par de días de abandono en la desértica y poco llamativa Luxemburgo, la que me obligó a mirar a los alrededores y descubrir que allí cerca estaba Tréveris, un nombre imborrable para quienes, además de la obra, se interesan por la biografía. Total, se trataba de un pequeño esfuerzo equivalente a ocho euros y cincuenta minutos en tren.

La ubicación de La Casa

Tréveris no existe en los mapas. Es el nombre latino de la supuesta ciudad romana más antigua de Alemania, conservado durante el Sacro Imperio y usado como nombre universal de la población de Trier, en el estado de Renania.

El tren cruza el Mosela hasta la estación central de Trier. Ya con plano en mano, uno se da cuenta de que la ciudad está de espaldas al río, y que para ir hasta La Casa hay que devolverse cruzando el centro histórico en diagonal hasta ubicarse en la Bröckenstrasse –la calle del puente-. Antes de terminar la calle que lleva ese nombre está La Casa. Pocos metros después se prolonga con el nombre Karl-Marx-strasse, al principio con vitrinas de ferreterías y después con prostíbulos, hasta desembocar al puente de Santa Bárbara sobre el río, que ofrece la vista de sus faldas occidentales llenas de viñedos.

La Casa tiene una fachada amplia, pintada de blanco, con ventanales de hierro y madera en los tres pisos del edificio. Al norte de la puerta principal, a 1.8 metros aproximadamente, hay un nicho con un altorrelieve del rostro de Marx de perfil mirando hacia la Porta Nigra. Son apenas veinte minutos caminando desde la estación del tren y ninguna posibilidad de perderse.

La Casa fue descubierta apenas en 1903. Probablemente nadie la estaba buscando, pero tampoco había certeza de su ubicación exacta. Digamos más bien que la casualidad permitió que se encontraran el partido socialista más poderoso y organizado de Europa y algún guardián atento de archivos. Apareció la escritura de venta del inmueble a nombre de Heinrich Marx y como el apellido ya era mucho más famoso que veinte años atrás, cuando su huésped más célebre era enterrado por una decena de amigos en una suave colina londinense, tenía que llamar la atención. Así que las transacciones comerciales y en dinero que Marx quería eliminar de la faz de la tierra permitieron ubicar su cuna para la posteridad.

Inmediatamente la socialdemocracia alemana se hizo cargo de La Casa como de un legado propio. Poco sé de lo que pasó durante los 50 años siguientes. Los europeos, incluidos los socialistas, estuvieron muy ocupados matándose entre ellos una vez en nombre de guerras modernas patrióticas, otra vez tratando de hacer revoluciones y de aplastarlas, una más en la primera guerra civil mundial. Durante su corta hegemonía, los nazis la ocuparon como sede de sus juventudes militantes, creo. Hay una foto en la primera planta de La Casa que recuerda ese pasaje.

Lo cierto es que después de la segunda guerra mundial los socialdemócratas alemanes volvieron a hacerse cargo de La Casa, esta vez a través de la Fundación Friedrich Ebert que la mantiene, organiza actividades, renueva –supongo– la exposición y surte un par de vitrinas a la entrada para vender alguna parafernalia que nos permite a los compradores exhibir el universal rostro de ogro en pocillos, camisetas, lapiceros o afiches, para generar algunos ingresos para el museo.

La vida familiar

Para entrar a La Casa hay que pagar, como para casi todo en Europa. Por la izquierda se empieza el recorrido con la historia de la edificación y, después con la historia familiar y la biografía de Karl Marx. Se cuenta lo poco que sabemos de la juventud de Karl en Tréveris, sin alusiones al joven juerguista y pendenciero que describe Francis Wheen. Luego su periplo de estudios por Bonn y Berlín, y después las huidas de exiliado siempre hacia el oeste hasta parar en Londres. Toda la historia que más o menos se sabe, en distintas versiones.

Los curadores han tenido cuidado en darle un lugar a los responsables de la formación de Marx, como inspiradores, interlocutores o contradictores. Esos personajes que el marxismo olvidó para que no eclipsaran el genio del padre: Moses Hess, tal vez el primer visionario comunista que Marx conociera; Wilhem Weitling, el vaso comunicante con el proletariado decimonónico; Saint-Simon y Fourier, que fueron superados en delirio y utopismo por quien los condenó en el Manifiesto por delirantes y utopistas; Sismondi, Bakunin y los demás. Engels, como no. Se expone el santoral de la socialdemocracia alemana hasta principios del siglo XX con Marx en un segundo lugar detrás de la figura dominante de Lasalle, quien tanto le ayudó y a quien gustaba maltratar.

Y después la humanización. Una sala y un corredor para la familia. El sufrimiento de la aristócrata Jenny y el socavamiento de su patrimonio familiar para financiar las aventuras del esposo prometeico. Los hijos muertos en la infancia. El hijo bastardo de Marx con la ama de llaves, Ellen Demuth, mal encubierto por Engels. La personalidad de las tres hijas que se criaron reflejada en el juego de la confesión, un cuestionario parecido al que usa James Lipton en sus entrevistas con actores. Los suicidios de Laura y Eleanor. La tentación que tuvo Karl de pedir la ciudadanía estadounidense cuando Europa se le cerró casi por completo.

En la exposición se ve un gran hombre, pero ante todo un hombre. Valen la familia, los condiscípulos, los pocos amigos. No son visibles los propósitos hagiográficos y ello tranquiliza al observador.

La herencia política

El segundo piso nos depara una historia conocida, contada de una manera novedosa. Todas las salas tienen un preámbulo y éste lleva el título de “La división del movimiento obrero”. Nadie puede hablar seriamente del socialismo o del movimiento de los trabajadores sin hablar de sus divisiones. Al final, tal vez la única línea continua y universal de la historia socialista sea la de las fragmentaciones y las luchas intestinas. Desde las trifulcas de Marx con los comunistas de su época y con los anarquistas, hasta los insultos que se le gritan a Toni Negri en las salas de conferencias francesas, según cuenta en el conmovedor prólogo de La fábrica de porcelana.

Lo peculiar es que esta historia se cuenta desde el final de la segunda guerra, con la división de Alemania como motivo central; incluso en media sala se topa uno con la alegoría del Muro de Berlín. Al principio incomoda cierto hálito de germanocentrismo, pero es exactamente lo contrario. La división de Alemania no se cuenta como la tragedia de una nación sino la de un movimiento político; este y oeste desaparecen como nociones geopolíticas para darle paso a la presencia del comunismo y la socialdemocracia como dos corrientes que provienen legítimamente de un mismo tronco modelado por la huella de Marx.

La exposición confronta el negacionismo marxista. Ese negacionismo que consiste en que una facción declara espurias a las demás, a priori, en la lucha por la hegemonía dentro del movimiento; o a posteriori, como exculpación del crimen. Lenin condenó a los populistas, Bernstein a Lenin, Stalin a los socialdemócratas, Trostky a los estalinistas, Mao al socialismo soviético, después todos (salvo Zizek) al socialismo real.

Por eso más adelante, en el tercer piso, ya uno no se extraña de que en una amplia iconografía de los herederos políticos del marxismo aparezcan todos, o casi todos, sin tapujos y sin vergüenza. Stalin, a quien solo quisiéramos relacionar con Hitler, obviamente está allí. Mao, quien tal vez estaba pensando en sí mismo cuando acuñó la fórmula de 30% de errores y 70% de aciertos. Y después las parejas del desconcierto. Guevara, el perdedor romántico e ingenuo, al lado de Castro, el Trujillo rojo, convertido en el prototipo del dictador latinoamericano. Ho Chi Minh, el poeta austero, el modesto padre de la patria vietnamita, al lado de Pol Pot, el genocida de su propio pueblo.

El hombre y el mito

Para ayudar al sostenimiento de La Casa uno también paga la salida, esta vez voluntariamente. Hay que llevarse un recuerdo de allí. Caminando en el otoño de Trier uno descansa al saber que ya son muchos los que digieren la herencia de Marx, y también se preocupa suponiendo que el socialismo sea una marca exclusivamente Made in Germany, y también se pregunta si la salud del socialismo alemán es una muestra de la del socialismo mundial y si allí hay un signo adicional de que hay mejores veredas.

Algo va del cubo de granito gris sosteniendo la gran cabeza en Highgate a La Casa. Tanto como va de la invocación incumplida de “Proletarios del mundo, uníos”, grabada en la piedra, a la trágica historia socialista que se cuenta en los tres pisos de paneles que se conservan en la edificación. Algo va de la tumba del mito en los extramuros de Londres, a la casa natal del hombre en el centro de Trier. Todo se puede resumir en la frase que justifica a la socialdemocracia alemana en su tarea conservadora: el legado de Marx por la libertad y la igualdad sigue vigente.

La frase es de Willy Brandt y la imagen de Willy Brandt es la más frecuente en La Casa después de la de Marx, en competencia con la de Engels. Y su enunciado es cierto: los comentaristas están de acuerdo en que la igualdad es una de las ideas-fuerza del pensamiento de Marx; menos, muchos menos (Fromm, Mondolfo, García-Bacca, Zuleta, Eagleton) admiten que en Marx hay una importante noción de libertad.

Sin embargo, lo que haría vigente hoy a Marx, siempre según Brandt, también lo hace superfluo: libertad e igualdad las encontramos en Aristóteles y en la Escuela de Salamanca, en los republicanos del Renacimiento y en los fundadores de Estados Unidos, en el escepticismo de Russell y en el pesimismo de Bobbio, en el liberalismo rawlsiano y en el comunitarismo de Walzer y Taylor, en los socialdemócratas europeos y en los socialistas suramericanos. La vigencia interesa a los políticos y a los filósofos, los primeros para continuar con sus objetivos y los segundos con sus conceptos. La vigencia no interesa para nada a los historiadores, el campo en el que nos podemos sentir más cómodos con Marx (quizás)

Autor: Jorge Giraldo Ramírez, Decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Universidad EAFIT

Publicado el (día/mes/año): 26/05/2011


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