Revista Cultura & Trabajo

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Edición Número 61 - Sección General

Alternativas sindicales en América latina


Los sindicatos en América Latina han sido afectados por el neoliberalismo, en primer lugar porque la política salarial ha sido manejada con miras a contener la inflación a través de incrementos salariales menores al crecimiento de ésta (con excepción del 2000 y 2001), y a atraer la inversión extranjera directa; por la decadencia de las políticas de seguridad social dirigidas a los asalariados y su substitución por otras de focalización sobre la extrema pobreza. Asimismo, los sindicatos tienen menor influencia sobre la política económica en general y su presencia en los partidos políticos y sobre los gobiernos es menor que antes. Además, una parte importante de los grandes contratos colectivos de trabajo han sido flexibilizados (De la Garza, 2001).

En segundo lugar se han afectado por las reestructuraciones productivas que, aunque centradas en un grupo limitado de gran empresa, sus impactos han sido importantes en el empleo y la producción. Sin embargo, los Modelos Productivos1 dominantes oscilan entre el Taylorismo- Fordismo y un Toyotismo2 de la precariedad, caracterizado por aplicaciones parciales de la Calidad Total y el Justo a Tiempo, con una división del trabajo que continúa segmentando y asignando a los técnicos e ingenieros las tareas de concepción, y deja a los obreros las de ejecución con mayor responsabilidad, reduciéndoles los puestos de trabajo, bajando salarios, haciendo poca inversión en capacitación y con una alta rotación externa de personal (De la Garza, 1993). Es decir, un toyotismo basado en el bajo salario y la alta intensidad del trabajo con nuevas formas de organización.

La reestructuración productiva ha afectado, sobre todo, al núcleo central de la clase obrera en América Latina que se encuentra en el sector industrial exportador, en los servicios y en el comercio moderno.

En tercer lugar, los sindicatos se han afectado por el crecimiento del sector del empleo no estructurado, el autoempleo y los microestablecimientos, sector difícil de sindicalizar, no sólo porque la Leyes Laborales establecen comúnmente un mínimo de trabajadores para formar un sindicato, sino porque en estos pequeños negocios las relaciones salariales se confunden con la cooperación familiar, constituyendo más estrategias de sobrevivencia que conformación de empresas y empresariado (De la Garza y Neffa, 2001).

Y en cuarto lugar, al sindicalismo lo ha afectado el Neoliberalismo, la apertura de la Economía y la reestructuración productiva porque crearon una nueva clase obrera más joven, con una alta presencia de mujeres, sin identidad con el trabajo, la empresa o el sindicato, que rota frecuentemente y establece estrategias familiares de vida que no están en función del colectivo obrero.

En América Latina una de las tipologías del sindicalismo lo clasificaba hasta la década de los ochenta en Corporativo y Clasista. Corporativo para señalar las experiencias dominantes del sindicalismo en México, de la CGT en Argentina, Paraguay, Brasil, la CTV de Venezuela y en momentos específicos para Bolivia, Perú y Colombia. Clasista para referirse a los sindicatos dominantes en Chile hasta antes de los noventa, Uruguay, Bolivia
en la época de la revolución y algunas de las centrales de Ecuador, Perú, Colombia y Centroamérica. Pero estas clasificaciones deben remitir a un concepto superior como el de Modelo Sindical, el cual considera su estructura y funcionamiento interno, articulándose con el trabajo y la empresa, con el Estado y con la sociedad (incluyendo otros sindicatos, ONG y movimientos sociales).

Modelo sindical
Estructura y funcionamiento interno del sindicato
Este nivel debe comprender los problemas de representatividad, legitimidad y democracia en la elección de dirigentes y toma de decisiones. Pero la legitimidad en un sindicato puede ganarse en formas diversas, no sólo a través del respeto a las normas democráticas, sino también puede ser caudillezca, clientelares, patrimonial; incluso el terrorismo y el gangsterismo pueden llegar a ser legítimos.

La democracia puede ser delegativa o directa; se pueden dar procesos de burocratización, de concentración de poder en una capa de funcionarios sindicales y la formación de una oligarquía que busca mantenerse en el poder concentrando conocimientos y habilidades, así como relaciones e influencias que la presenten como insustituible para el buen funcionamiento del sindicato.

Las estructuras organizativas de los sindicatos pueden ser más o menos complejas, con pocos o muchos niveles de autoridad y estar sujetas a reglamentaciones simples o minuciosas. Las estructuras, formas de funcionamiento, concentración de poder, ejercicio del poder y la dominación, no son ajenas a la cultura sindical. Esta cultura implica formas de dar significado al sindicato, a los dirigentes, a los procesos de toma de decisiones, y así se pueden convertir en democráticas, caudillezcas, clientelares y patrimoniales, terroristas y
gangsteriles.

Son democráticas en tanto posean la convicción en el valor del respeto a los estatutos, en la rotación de los dirigentes si no cumplen las expectativas de la base, en que el voto es el que decide (Lipset, 1986); caudillezcas cuando creen que el líder está investido de poderes extraordinarios de gestión e influencia para defender los puestos de trabajo, obtener beneficios económicos o políticos (Sánchez, 1997); clientelistas y patrimonialistas si consideran normales los intercambios de favores y lealtades entre trabajadores y dirigentes, o si ven al líder como el patrón del sindicato al que no se reclama sino que se le solicita el favor (Novelo, 1991); terrorista y gangsteril en tanto exista una cultura del miedo a ser despedido o afectado físicamente (Quintero, 1995).

Relaciones del sindicato con el trabajo y con la empresa
El sindicato puede ser autónomo de la empresa y verla como enemiga o como otra parte con la cual negociar (De la Garza, 1995), subordinarse pasivamente en el proceso de trabajo de la empresa o convertirse en subordinado activo en favor de la empresa. Los límites entre estas posiciones
no siempre son muy precisos. De manera más general, en cuanto a espacio privilegiado de acción, el sindicato puede ser de la circulación, es decir, concentrado en la negociación de la compraventa de la fuerza de trabajo como mercancía (empleo, salario y prestaciones), o de la producción, centrado en la intervención en el proceso productivo. Esta última tiene cuatro posibilidades: obrerista (el espacio del proceso de trabajo es definido como de lucha por el poder en las decisiones productivas con el capital); de conciliación de intereses (negocia la relación laboral en el proceso de trabajo con posiciones sindicales, pero sin buscar el enfrentamiento); y de simple defensa en contra del desgaste de la fuerza de trabajo (subordinado a la empresa, coadyuvando o no en tareas de gestión de recursos humanos).

En este apartado cabe el concepto de Microcorporativismo o corporativismo de empresa, diferente al del Estado, aunque pueden combinarse. En la teoría internacional, el concepto de corporativismo de empresa se reserva para el sindicato que, representando a los trabajadores, negocia con la empresa los problemas de la producción (Standing, 1999).

Sin embargo, en el caso de América Latina habría que abrir el espectro de formas sindicales corporativas de empresa, así como las del Estado, que han incluido varias formas desde los sindicatos, las cuales no sólo negocian, sino que también hacen tareas de gestión de mano de obra, que incluyen hasta el manejo de los pasivos que sirven para controlar a los trabajadores, e incluso los de protección que aparecen públicamente sólo cuando hay peligro de formar sindicatos alternativos (De la Garza y Bouzas, 1988). El corporativismo de empresa puede relacionarse con culturas sindicales y laborales específicas como el paternalismo patronal y el patronaje entre los obreros, que ven el empleo como una dádiva del patrón con su componente de compromiso moral con aquel, o bien el instrumentalismo productivista, la cual aboga por más productividad a cambio de bonos e incentivos sin otro compromiso moral con la empresa.


Relaciones entre sindicato y Estado
El sindicato puede ser corporativo de Estado, corresponsable del diseño y funcionamiento de políticas estatales; de oposición política al Estado; copartícipe crítico; o bien, ausente de la arena estatal. Por otra parte, el sindicato puede estar protegido por el Estado a través de mecanismos legales y extralegales; puede estar hostigado por aquel, como lo son muchos sindicatos independientes; o establecer un modus vivendi con el Estado sin invasión de esferas. Muchas culturas sindicales pueden haberse acuñado en torno de estas relaciones con el Estado: el estatalismo, como creencia de que lo laboral se resuelve por influencia y política estatal; la de oposición por principio a todo lo que viene del Estado; la de ver a la empresa como gran familia dirigida por el empresario patriarcal, en donde el Estado no tiene porque intervenir.


Relaciones sindicato y sociedad
Puede haber sindicatos muy gremialistas, sólo interesados en sus problemas laborales con la empresa; o bien participantes en Federaciones y Confederaciones; así como otros que forman frentes con ONG y movimientos sociales para abordar problemas más amplios que los laborales, incluyendo los de intervención en la reproducción de la fuerza de trabajo en el territorio, los servicios públicos, urbanos o rurales. Un Modelo Sindical debe incluir mínimamente las articulaciones entre su estructura y funcionamiento internos con el trabajo, la empresa, el Estado y la sociedad. No sólo el sindicalismo en un país y periodo determinados pudo reconocer uno o más modelos sindicales, sino que dichos sindicatos pudieron definir y constituir espacios de acción e intervención sindical privilegiados (Di Tella, 1970). Estos espacios son construidos sindicalmente, pero de acuerdo a condiciones que los sindicatos no escogieron. Además, la definición de espacios de acción es también de amigos y enemigos, en donde comúnmente el más fuerte está en condiciones de fijar el terreno del conflicto o la negociación (Buroway, 1985). Antes del Neoliberalismo los espacios privilegiados por el sindicato corporativo fueron la arena estatal y la circulación de la fuerza de trabajo, entendida como compra venta, y de una posición defensiva del lugar y puesto de trabajo (Bizberg, 1990).

La negociación de la compra-venta se realizaba en la empresa (aumentos salariales y sistema de prestaciones), pero los parámetros generales los fijaron las cúpulas estatales, empresariales y sindicales para el conjunto del sistema de relaciones de trabajo.

Los sindicatos clasistas se vieron indirectamente favorecidos por aquellas negociaciones nacionales, sin intervenir propiamente en las mismas, y además participaron en la negociación empresarial: institución del empleo, el salario y las prestaciones; pero el eje de su acción fue el cuestionamiento de las políticas estatales.

Es decir, tanto en los sindicatos corporativos como en los clasistas el espacio estatal tuvo privilegio, uno de apoyo, el otro de oposición. Aunque algún espacio de relaciones sociales
sea privilegiado, la acción sindical puede articularse con otras en espacios diferentes: de la arena estatal a las relaciones laborales en la empresa o al de la reproducción social en el territorio, o bien seguir el camino inverso (Sariego, 1988). En la conformación de espacios de acción sindical, la génesis histórica es importante porque las etapas anteriores dejan sus huellas en las posteriores, porque al emprenderse una trayectoria histórica a veces se anulan opciones que pudieron emprenderse.

En el siglo pasado predominaron los protosindicatos de oficios, pero fueron reprimidos por las dictaduras, de tal forma que al iniciar el siglo XX los nuevos sindicatos no eran los herederos de los del siglo XIX, nacieron no por oficios como en Inglaterra, sino por empresa en compañías como la minería, los ferrocarriles, los textiles y la electricidad. De esta manera, el cambio histórico más importante en el siglo XX no fue la centralidad del oficio en procesos manufactureros (en el sentido de Marx, como procesos productivos no maquinizados), sino de los sindicatos de empresa que nacieron al margen de la institucionalidad a la institucionalidad con corporativismo. Pero lo característico de esa gran transformación no fue la constitución de un sistema de relaciones industriales con normas, valores y actores, convencidos de que era el canal adecuado para entrar en negociación colectiva, sino la subsunción de las relaciones laborales a las estatales.

Una parte del “sistema de relaciones de trabajo” es a su vez constitutivo del “sistema político”. El corporativismo ha estado permeado de nacionalismo, antimperialismo, populismo y socialismo.
Espacios para la reconstitución sindical
El espacio de posibilidades para la reconstitución sindical en la coyuntura actual se enmarca en procesos y estructuras más amplios que los de su vida interna, que cumple la función de parámetros que fijan límites a la acción viable pero que están sujetos a cambios por la acción. Los más importantes procesos vigentes son:

El modelo neoliberal:
Abrió la economía y sometió a las empresas a la competencia del mercado internacional como exportadoras y en el propio mercado interno. Una política económica que abandonó la inversión productiva pública y el fomento industrial por el combate a la inflación, y el término de las políticas de desarrollo por las de equilibrio macroeconómico. Esta apertura y su complementario proceso parcial de reestructuración productiva han polarizado el aparato productivo, en particular el industrial, en donde un grupo minoritario de empresas reestructurado en su organización y flexibilidad laboral, que es competitivo y exportador, enfrentado contra el mundo de la pequeña y microempresa (que es muy importante como fuente de ocupación), con condiciones opuestas, (De la Garza, 1993.)

La polarización se trata, más que de segmentos de constelaciones con un núcleo central reestructurado, en satélites con órbitas sucesivas y un pantano sin núcleo en el otro extremo. Las articulaciones como cadenas productivas entre estos extremos son escasas, son más abundantes las de servicios y con mayor densidad las cadenas reproductivas entre el pantano de las micro y pequeñas empresas y los trabajadores del polo reestructurado. En el polo reestructurado predomina la empresa grande, industrial y de servicios, con tecnologías intermedias, nuevas formas de organización del trabajo, flexibilidad toyotista, con presencia de la Nueva Clase Obrera (jóvenes, mujeres, semicalificada, de nivel salarial bajo), alta rotación externa, con escasa identidad laboral, empresarial o sindical, situada en procesos de trabajo intensos en cuanto a desgaste de la fuerza de trabajo (que no hay que confundir con el concepto económico de trabajos intensivos en manos de obra vs. intensivos en capital), con poca ingerencia sindical en las decisiones de la producción, con escasa delegación por parte de la gerencia de las decisiones hacia los obreros, que sigue reproduciendo la separación entre trabajo de los técnicos e ingenieros con respecto de los obreros fácilmente sustituibles y con poca inversión en capacitación. Se trata del Modelo de Producción Toyotista Precario que ha permitido incrementar la productividad basado en el desgaste de la fuerza de trabajo.

Este modelo se enfrenta a los límites físicos en la resistencia del trabajador, y sociales, hoy individuales, representados por la alta rotación y escasa identidad con la empresa, que repercuten en la poca participación e involucramiento, limitando así las capacidades de dicho toyotismo para elevar la productividad. En este núcleo, en el que participa sobre todo la Nueva Clase Obrera, es un estrato sin identidad específica ni acciones colectivas amplias a pesar de tener tasas altas de sindicalización en su parte formal y el que los trabajadores puedan tener una potencialidad de condiciones semejantes de trabajo y de vida.

En el otro extremo no se encuentra un polo, sino un pantano, el de la micro y pequeña empresa, con autoempleo y trabajo familiar, el trabajo agrícola no capitalista, la venta a domicilio, la venta callejera. Sus tecnologías son de bajo nivel y sus formas de organización no se basan en la ciencia de la dirección de empresas. Las tasas de sindicalización son muy bajas, los estilos de mando son patriarcales, autoritarios, y cuando hay identidad es por relaciones de patronazgo, familismo o compadrazgo. En este sector los salarios son bajos y la inestabilidad no es sólo por rotación voluntaria sino también por quiebra de las microunidades, sus tiempos promedio de vida son cortos. Se trata de un sector concentrado en pocas actividades: en la manufactura, la confección y los talleres de reparación; en servicios y comercio, servicios personales, preparación y venta callejera de alimentos, transporte urbano y la pequeña construcción.

La Nueva Clase Obrera también participa en este sector, y tampoco constituye un sujeto, es un estrato difícil de sindicalizar, empezando porque una parte importante de sus miembros no son asalariados.

Entre estos polos se encuentra la Antigua Clase Obrera de la Substitución de Exportaciones,
muy menguada cuantitativamente, situada en lo que queda de empresas paraestatales, universidades públicas y algunas privadas grandes reestructuradas. Sus procesos productivos pueden ser sofisticados, con modelos de producción que oscilan entre el taylorismo-fordismo y la aplicación parcial del toyotismo, con relaciones laborales flexibilizadas pero no en el extremo. La mano de obra es sobre todo masculina, de edad madura, de calificación relativamente alta, de mayor salario y prestaciones, a pesar de que muchos de sus contratos cambiaron entre los ochenta y noventa; la tasa de sindicalización es muy alta, y el sindicato, aunque ha visto reducida su capacidad protectora, defiende todavía el empleo y el desgaste en el proceso productivo. Esta clase obrera constituyó hasta los setenta el núcleo central del movimiento obrero y fue la que mayores resistencias ofreció en los ochenta y noventa a la flexibilización laboral.

Es posible que en esta clase obrera antigua estén varios sujetos: los restos, en decadencia, del obrero populista, corporativizado, y embriones de nuevos sujetos reconvertidos. Sin embargo, debe dudarse que la cultura laboral haya cambiado tanto entre éstos, ésta probablemente se mueva entre el consenso cómplice3 con el sindicato (sindicato que solapa el relajamiento del trabajo) (Leyva, 1995) y el instrumentalismo productivista (trabajo intenso por el bono de productividad y no por la identidad con la empresa).

En síntesis, las opciones sindicales tendrán que considerar de entrada la heterogeneidad de los trabajadores, que no se asimilan a las teorizaciones internacionales (Hyman, 1996). En el sector no estructurado, las diferencias a su interior entre manufactura y servicios nos son importantes, porque en ambos es frecuente el relacionamiento cara a cara con el cliente, ya que se presenta el traslape entre producción y reproducción en la unidad doméstica, en cuanto a tiempo, espacio y en la actividad misma, por la importancia del trabajo no asalariado. Porque su fragmentación no es por mundos de vida, sino entre unidades pequeñas pero con condiciones de producción y de reproducción semejantes, donde las diferencias en procesos productivos, calificaciones y condiciones de trabajo pueden ser secundarias. En esta medida el significado del trabajo y su confusión con el mundo de la reproducción puede ser semejante entre unidades, a pesar de su separación; la identidad difusa de los empleados precarios, donde el enemigo potencial puede no ser el pequeño patrón sino la sociedad global de los ganadores (De la garza, 1997).

En los sectores estructurados, diferenciando el polo reestructurado y aquel donde participa la Antigua Clase Obrera, la separación entre el mundo de la reproducción social y del trabajo puede ser más estricta. La antigua tiene mayor identidad laboral, y hasta restos del orgullo del oficio, en la nueva no deja de ser la potencial identidad de los que comparten condiciones de trabajo, de trayectorias laborales y de vida en general muy semejantes.

El sistema de relaciones de trabajo y sus cambios.
El anterior sistema de relaciones de trabajo se caracterizó en América Latina por la asunción de que la sociedad estaba dividida en clases con intereses contradictorios frente a las cuales el Estado se erigía como tutelar de la más débil; la arena estatal era el espacio para dirimir los conflictos y las negociaciones laborales; las relaciones laborales quedaban subsumidas en las políticas estatales; los agentes de negociación e intercambios eran las organizaciones sindicales y empresariales, corresponsables de la marcha del Estado y de su política económica en unos casos, en otros, al margen de las políticas estatales.

En el caso del corporativismo había una imbricación de las relaciones corporativas estatales con el sistema político de partidos y electoral; se establecía un sistema de intercambio estratificado con los trabajadores sindicalizados, a partir de las negociaciones entre sindicatos y Estado; había un monopolio de la representación garantizada por el Estado a cargo de los sindicatos corporativos; corporativismo autoritario en lo interno, con constitución de oligarquías sindicales, escasa rotación de la elite, represión de la oposición y apoyo en culturas clientelares y patrimoniales con la base; los sindicatos ejercían una protección estratificada del empleo, del salario (salario según gastos de reproducción sin vínculo con la productividad) y de las condiciones de trabajo (intervención defensiva y clientelar en el proceso de trabajo).

Pero este modelo de relaciones de trabajo ha cambiado desde los ochenta, en la mayor parte de los países de América Latina se dio la flexibilización de las leyes laborales en mayor o menor proporción; se produjo, por la flexibilización de los contratos colectivos de las grandes empresas y la pérdida de poder del corporativismo sindical, una disminución de prestaciones económicas, el achatamiento del escalafón con un aumento de las funciones de los puestos, la pérdida de importancia del escalafón por antigüedad, el acercamiento salarial hacia los salarios mínimos, la aparición de los sistemas de bonos e incentivos por productividad y grandes recortes de personal en las empresas al privatizarse. Pero sobre todo, la pérdida de poder de los sindicatos en la orientación de la política económica y laboral.

Las organizaciones de los trabajadores Las culturas sindicales en América Latina se mueven en el estatalismo (creencia en la omnipotencia del Estado) de los sindicatos corporativos, que las lleva a buscar una restauración de cúpula, la de los reestructurados que privilegian el espacio de la empresa y los nacionalistas y clasistas que lo combaten. Al interior de los sindicatos sigue primando el patrimonialismo sindical, la delegación en la cúpula, el autoritarismo y el caudillismo.



Barreras para las
posibilidades de
renovación sindical

Las posibilidades de renovación sindical en la coyuntura tiene como barreras:

1). El abandono del Estado de su carácter benefactor para la capa alta de los trabajadores organizados y la polarización entre empresas con un polo sujeto a la competencia de calidad en el mercado internacional, y el otro polo dirigido al mercado interno hacia el mercado de pobres.

2). Una acumulación de capital con Modelos de Producción basados en la intensificación del trabajo y el bajo salario.

3). Una clase trabajadora (no sólo asalariada) heterogénea, que va de la antigua a la Nueva Clase Obrera, situada en la industria y servicios modernos sin identidad con el trabajo, la empresa o el sindicato, y el pantano del sector no estructurado, en el que producción y reproducción se confunden muchas veces.
En ambos sectores las potenciales identidades no provienen en su mayoría de experiencias y memorias colectivas compartidas subjetivamente, sino de condiciones de trabajo y de vida semejantes.

4). Un sistema de relaciones de trabajo transformado que han debilitado la influencia sindical en las políticas del Estado y la flexibilización de grandes contratos colectivos.

5). Culturas empresariales que arrastran un concepto unilateral, no compartido, de propiedad y dirección; del trabajo como factor de producción y del empleo como un favor; culturas sindicales que no proponen en la producción y autoritarias en la vida interna de las organizaciones obreras; culturas obreras que van del patronaje en el sector no estructurado al instrumentalismo productivista en los modernizados.

Conclusión del corporativismo
Y el clasismo al postcorporativismo
El contenido cambiante del concepto de Sindicato ha contado la forma como socialmente se ha construido el concepto de Trabajo. En el siglo pasado el trabajo al que aludían los sindicatos era el de la industria, la agricultura y los servicios, éstos no se habían transformado al unísono; esta situación continuó hasta los años cincuenta (aunque algunos servicios como los de transporte y las telecomunicaciones se maquinizaron tempranamente y han sido tradicionalmente de alta sindicalización). Sin embargo, en la década de los sesenta los servicios modernos se taylorizaron (con la entrada de las computadoras en oficinas), de tal forma que la sindicalización se extendió a los sectores de cuello blanco como los trabajadores de los bancos y los profesores universitarios, dándose en Europa lo que algunos autores llamaron la “tercerización del conflicto”.

Los servicios han crecido más que la industria, donde en algunos países ha decaído como lugar de ocupación; en esta medida, el trabajo industrial deja de ser el modelo de la actividad productiva, especialmente en sectores como las telecomunicaciones y la computación, que compiten en expansión, ocupación, y sobre todo en capacidad de cambio tecnológico con la industria automotriz. Visto en otro sentido, el trabajo de los departamentos de administración, ventas, finanzas y compras involucran cada vez más personal que los de producción directa, sus labores se asemejan a los de los servicios modernos.

Cambios adicionales que transformaron el sentido del trabajo es el de mantenimiento, ya que a pesar de la existencia de grandes corporaciones, las pequeñas y medianas empresas son ahora posibles subcontratistas; además está la extensión de los trabajos precarios, no estructurados, y el autoempleo en países como América Latina. Es decir, la centralidad del trabajo industrial ha sido substituida por una heterogeneidad... y la existencia, no de un centro, sino varios (automotriz que continúa, telecomunicaciones, computación, bancos y finanzas, educación, electrónica, por ejemplo).

¿Hasta que punto los sindicatos podrán mutar de organizaciones centradas en la contratación colectiva del salario, el empleo y las prestaciones económicas a otros de la producción con varias modalidades?
¿De organismos que pactaban con los Estados y obtenían beneficios para sus afilados a formas más autónomas de participación política con las nuevas fuerzas sociales?
¿De un sindicato centrado en la industria a otro que se introduzca en los nuevos servicios, en el empleo precario?
¿De una organización con una base nacional a otras globalizadas?

Las respuestas a estas cuestiones pueden ayudar a definir cual puede ser el futuro de los sindicatos. Sin embargo, el concepto de mundo del trabajo separado de otros mundos de vida (familia, tiempo libre, estudio, etc.) es en parte una construcción social.

En las sociedades antiguas, por ejemplo, no había una separación entre trabajo y religión. En esta misma medida habría que pensar que las reestructuraciones productivas, las nuevas formas de subordinación del trabajo no asalariado a la producción capitalista, y las posibles articulaciones entre mundo de la producción y los del no trabajo, permitirían replantear hasta dónde se extiende el espacio de acción colectiva de las organizaciones obreras.

En el caso de los micronegocios, una parte de los cuales implican autoempleo, las articulaciones se extienden por la vía de la subcontratación entre estas empresas y las grandes corporaciones; cuando estos tiene trabajadores asalariados abren el espacio de lucha por mejorar sus precarias condiciones de trabajo, lucha que puede tener su centro en los cambios legislativos, tomando en cuenta la dispersión de los trabajadores. Asimismo, las relaciones desiguales entre empresas abren la posibilidad de alianzas de los trabajadores con sus pequeños patrones buscando vínculos más equitativos con los grandes consorcios. En cuanto a las relaciones entre el mundo del trabajo y otros mundos de vida, de entrada son las empresas toyotistas las que plantean las articulaciones de la empresa con las familias de los obreros, con sus barrios, la religión el tiempo libre y el consumo. Todo esto para lograr la adhesión de los trabajadores hacia la empresa, pero estas relaciones presentan a su vez incertidumbre, son articulaciones nuevas y voluntarias, y en esta medida pueden convertirse en un terreno en disputa con intervención de sindicatos.

Ciertamente que el espacio del proceso de producción, tan importante ahora en reestructuración para las gerencias, se convierte fundamental en las luchas de los trabajadores. Ahí es donde se experimenta nuevas tecnologías, formas de organización del trabajo, relaciones laborales y culturas. Pero como espacio nuevo en sus formas está lleno de incertidumbres y de posibilidades de una nueva “negociación del orden” por parte de los
trabajadores y sus organizaciones. En este sentido no pueden ser las cúpulas sindicales las mejor armadas y capaces de dar la negociación y la lucha sino formas semejantes a los comités de fábrica, sean o no parte de los sindicatos, pero descentralizadas en los lugares de trabajo, aunque articuladas para facilitar la comunicación y la extensión de las luchas.

Esta visto que ni el empleo ni el salario dignos se resuelven con el libre mercado, en esta medida el campo del mercado de trabajo tiene que ser un espacio de acción obrera que reciba nuevas regulaciones y protecciones; en donde los trabajadores deben de insistir en el concepto de estándares mínimos laborales, más abajo de los cuales es indigno trabajar independientemente del mercado. Los trabajadores no sólo producen sino que viven en otros espacios, urbanos o rurales, tiene problemas educativos, ecológicos como habitantes de cierto territorio y como consumidores o deudores.

Estos espacios no están de manera natural articulados en la subjetividad pero pueden llegar a articularse. Algunos de ellos pueden abordarse desde la acción local pero otros necesitarán de la conversión de las organizaciones de los trabajadores en fuerzas políticas. Es decir, ante las nuevas heterogeneidades, desarticulaciones y globalizaciones, se impone la acción múltiple, sin pretensiones hegemónicas. La “guerra civil de guerrillas” de los movimientos sociales, ágil, multiforme, rearticulable en formas diversas, no siempre involucrando a los mismos actores, sabiendo hacer uso creativo de los medios de comunicación, creando y recreando símbolos y discursos en un nuevo lenguaje seductor.

Los nuevos tipos de organizaciones lo serán por el contenido de sus discursos, por las demandas y formas de lucha, pero no habría que apostar demasiado a su conformación burocrática, la época actual es de flexibilidad y recreación permanente más que de creación de estructuras muy sólidas y definitivas.


Autor: Enrique de la Garza Toledo

Publicado el (día/mes/año): 15/03/2005


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